Justo en el momento en que volvíamos de nuestras vacaciones, y empezábamos a pensar en el nuevo año escolar, la naturaleza nos volvió a recordar algo que preferimos guardar en la periferia de nuestras conciencias: pertenecemos a un país de alta sismicidad, y cada tanto sobrevendrán tragedias como la que estamos atravesando en esto días. Por unos días, nuestro país ha estado en las pautas de todos los medios de prensa, pero luego volveremos a la mención ocasional de páginas interiores, y sólo nuestra propia prensa mantendrá el foco en los esfuerzos para aliviar a los damnificados y para reconstruir o reparar la infraestructura dañada.
¿Qué lecciones podemos extraer las instituciones educacionales de esta nueva tragedia? Me parece que hay varias.
En primer lugar se nos recuerda la importancia de la preparación para emergencias. Si bien todo colegio tiene su Plan DEYSE, la ausencia de emergencias reales suele hacernos bajar la guardia y ensayar los operativos con menos rigurosidad de la que debiéramos tener. Esto es especialmente cierto de los terremotos, donde no se aconseja la evacuación hasta después del episodio, y hay que enseñarles a los niños a protegerse en la sala. Obviamente deberemos aprovechar la conciencia duramente grabada en los niños, para que ejerciten con seriedad estos procedimientos.
En segundo lugar, no puedo dejar de pensar que los colegios hoy son prácticamente las únicas instituciones donde se forma cívicamente a los jóvenes, y algunos de los episodios que todos hemos presenciado nos hacen dudar de qué tan bien lo estamos haciendo como país. En los sectores más acomodados se vieron supermercados sobre-exigidos por una urgencia de asegurar aprovisionamientos ante la posible escasez de ‘algo’… no obstante los llamados a evitar estas conductas. Lo mismo con la bencina, no obstante el hecho de que no peligraba el abastecimiento. Quedé con la triste sensación de que la actitud de muchos era que, mientras sus refrigeradores y automóviles estuviesen bien abastecidos, la situación de otros era, en el mejor de los casos, un tema secundario.
Para qué decir el triste espectáculo de los saqueos y destrucción, y obviamente no me refiero a la gente que sustraía artículos de primera necesidad que requerían… Las escenas han sido poco alentadoras, y contrastan con otras escenas de maravillosa solidaridad en las mismas zonas, por lo que me parece que debemos hacernos muchas preguntas como sociedad. No es que no haya pasado nunca antes. En el terremoto de 1906 también hubo saqueos, así como también ha ocurrido en otros países (En EEUU luego del último terremoto, por ej.) No es el momento de ensayar respuestas fáciles. Podrán servir para aplacar nuestra ansiedad, pero lo que hace falta ahora, junto con las acciones decididas de ayuda a quienes la necesitan, es una reflexión prolongada respecto de cómo llegamos a esto. Los que no hacen falta, son los generales extemporáneos señalando con el dedo, que afortunadamente han sido los menos.
Estamos partiendo el año con un hecho que permitirá mucho aprovechamiento, en el buen sentido de la palabra, en términos educativos. Incorporaremos la experiencia donde sea posible en nuestro curriculum, y también nos haremos cargo del efecto traumático que pueda haber tenido en los niños y jóvenes, con dinámicas preparadas por nuestras sicólogas. A propósito de esto último, también encontrarán algunos consejos sobre cómo enfrentar el tema en casa en esta edición del Newsletter.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de decir que como comunidades debemos estar muy agradecidos de que nuestras familias se encuentren bien, y que los colegios no se hayan visto afectados. Seguramente habrán algunos que si tengan familiares que hayan sufrido desgracias mayores, y con ellos deben estar nuestros pensamientos en esos momentos.
¡Fuerza Chile!